miércoles, 7 de noviembre de 2007

HIMNOS HOMÉRICOS A AFRODITA

V

A AFRODITA

Musa, cuéntame las obras de la áurea Afrodita Cipria, que infunde en los dioses
suaves deseos y subyuga las razas de los mortales hombres, las aves mensajeras
de Zeus y las fieras todas, así las que cría en gran número el continente como las
que nutre el mar; que a todos les preocupan las obras de Citerea, la de hermosa
corona.
Pero hay tres diosas a quienes no ha podido persuadir el ánimo ni engañar. Una
es la hija de Zeus que lleva la égida, Atenea, de ojos de lechuza; a quien no le
placen las obras de la áurea Afrodita, sino las guerras y las obras de Ares, y luchas
y combates y cuidarse de preclaras acciones. Fue ella quien primeramente enseñó a
los artesanos que viven en la tierra a construir carretas y carros con adornos de
bronce; y a las doncellas de delicado cuerpo, a hacer, dentro de sus cámaras,
espléndidas labores que les sugería en la mente. Tampoco la risueña Afrodita ha
domado con el amor a Ártemis, la de las flechas de oro, clamorosa; pues a ésta le
gustan los arcos y cazar fieras en los montes, y las cítaras, y los coros, y los gritos
desgarradores, y los bosques umbríos y una ciudad de hombres justos. Tampoco le
gustan las obras de Afrodita a Hestía, doncella respetable a quien engendró el
artero Cronos antes que a nadie y es, no obstante, la más joven por la voluntad de
Zeus que lleva la égida; virgen veneranda que fue pretendida por Posidón y Apolo,
pero no los quiso en modo alguno, sino que los rechazó porfiadamente y, tocando
la cabeza de su padre Zeus, prestó un gran juramento que se ha cumplido: ser
virgen todos los días. Y el padre Zeus dióle una hermosa recompensa: colocóla en
medio de las casas, para que recibiera el suculento olor de los sacrificios. Se la
honra además en todos los templos de los dioses y es para todos los mortales la
más augusta de las deidades.
A estas tres, Afrodita no les ha podido convencer el entendimiento, ni tampoco
engañar; pero ningún otro ser se libra de ella, ni entre los bienaventurados dioses,
ni entre los mortales hombres. Y hasta perturba la mente de Zeus que se complace
en el rayo, a pesar de ser el más grande y el que ha obtenido mayores honras:
cuando ella quiere, engaña su precavida inteligencia y logra fácilmente que se junte
con hembras mortales y se olvide de Hera, su hermana y mujer, que es la más
notable por su aspecto entre las inmortales diosas, fue engendrada la más gloriosa
por el artero Cronos y tuvo por madre a Rea; y Zeus, que conoce los eternales
decretos, hízola su veneranda consorte, entendida en cosas honestas.
Zeus, a su vez, inspiró en el corazón de Afrodita un dulce deseo de acoplarse con
varón mortal, para que muy pronto ni ella estuviera exenta del concúbito humano;
ni la misma Afrodita, amante de la risa, pudiera decir, gloriándose entre todos los
dioses y sonriéndose dulcemente, que unía a los dioses con mujeres mortales que
daban a los inmortales hijos mortales, y que juntaba asimismo a las diosas con los
mortales hombres.
Inspiróle, pues, en el corazón, un dulce deseo de Anquises, que se hallaba
apacentando vacas en las alturas del monte Ida, abundante en manantiales, y por
su cuerpo parecía un inmortal. Así que le vio Afrodita, amante de la risa, se
enamoró de él, sintiendo que un vehemente deseo se adueñaba de su albedrío.
Fuese enseguida a Chipre, penetró en el perfumado templo de Pafos donde tenía un
campo sagrado y un perfumado altar, y cerró las puertas espléndidas. Allí las
Gracias la lavaron y ungieron con aceite inmortal, divino y sutil, que siempre estaba
perfumado para ella; cuales cosas embellecen todavía más a los sempiternos
dioses. Luego Afrodita, amante de la risa, revistió su cuerpo de hermosos vestidos,
se adornó con oro y, dejando la olorosa Chipre, se lanzó hacia Troya, haciendo el
viaje rápidamente, por lo alto, por entre las nubes. Llegó al Ida, abundante en
manantiales, procreador de fieras; y, atravesando la montaña, se fue directamente
al establo: iban tras ella, moviendo la cola, blanquecinos lobos, leones de torva
mirada y veloces panteras, insaciables de carne de ciervo; y la diosa, al notarlo,
sintió que se le alegraba el ánimo en la mente, y les infundió en el pecho un dulce
deseo, y todos fueron acostándose por parejas en los sombríos vericuetos. Llegó en
esto a la bien construida cabaña y halló al héroe Anquises que tenía la belleza de
un dios y se había quedado en el establo, solo, alejado de sus compañeros. Éstos
se habían ido todos, con las vacas, por los prados herbosos; y él se había quedado
en el establo, solo, alejado de los demás, e iba acá y acullá pulsando
vigorosamente la cítara. Afrodita, hija de Zeus, se detuvo a su presencia, habiendo
tomado la estatura y el aspecto de una doncella libre de todo yugo: no fuera que, al
contemplarla Anquises con sus ojos, le tuviese temor. Anquises, al verla, se quedó
pensativo y admiraba su aspecto, su estatura y sus vestidos espléndidos. Afrodita
se había revestido de un peplo más brillante que el resplandor del fuego, llevaba
retorcidos brazaletes y lucientes agujas; tenía alrededor de su tierno cuello
bellísimos collares, pulcros, áureos, de variada forma; y en su tierno pecho brillaba
una especie de luna, encanto de la vista. El deseo amoroso se apoderó de Anquises,
quien, vuelto hacia ella, así le dijo:
— Salve, oh reina, que has venido a estas moradas, seas cual fueres de las
bienaventuradas diosas —o Ártemis, o Leto, o la áurea Afrodita, o la noble Temis, o
Atenea, la de ojos de lechuza—; o quizás has llegado aquí siendo una de las
Gracias, que acompañan a todos los dioses y son llamadas inmortales; o eres
alguna de las ninfas que pueblan los hermosos bosques o de las que habitan este
hermoso monte, las fuentes de los ríos y los prados herbosos. Yo te erigiré un altar
en una atalaya, en sitio abierto por todos lados, y te ofreceré hermosos sacrificios
en cada estación; y tú, con ánimo benévolo, concédeme que sea ilustre entre los
troyanos y haz que tenga floreciente prole, que viva bien y largo tiempo, que
mezclado con el pueblo contemple dichoso la luz del sol, y que llegue hasta el
umbral de la vejez.
Afrodita, hija de Zeus, respondióle en el acto:
— Oh Anquises, el más glorioso de los hombres que de la tierra han nacido, no
soy ciertamente una diosa —¿por qué me confundes con las inmortales?—, sino
mortal, y mujer fue la madre que me dio a luz. Mi padre es Otreo, de ínclito
nombre, si acaso lo has oído nombrar, y reina sobre toda la Frigia bien amurallada.
Conozco bien vuestra lengua y la mía, por haberme criado en el palacio una nodriza
troyana que me crió constantemente desde que me recibió de mi madre, siendo yo
muy pequeñita; por esto conozco bien vuestra lengua. Ahora el Argifontes, el de la
varita de oro, me arrebató de un coro de Ártemis, que lleva arco de oro y es
amante del bullicio. Muchas ninfas y doncellas de rico dote jugábamos, y una
multitud inmensa formaba en torno nuestro una corona: de allí me arrebató el
Argifontes, el de la varita de oro, quien me condujo por cima de muchas tierras
cultivadas por los mortales hombres y por cima de otras no sorteadas ni cultivadas
en las cuales las fieras carnívoras vagan por los sombríos vericuetos —parecíame
que no tocaba con mis pies la fértil tierra— y me dijo que cabe al lecho de Anquises
sería llamada legítima esposa y te daría a ti hijos ilustres. Así que me mostró el
sitio y me hubo hablado, volvióse el fuerte Argifontes a las familias de los
inmortales; y yo vine a encontrarte, obligada por dura necesidad. Mas, por Zeus te
lo suplico y por tus padres nobles, pues unos viles no te habrían engendrado tal
cual eres: llévame, no rendida aún e inexperta en amores, y muéstrame a tu padre
y a tu madre entendida en cosas honestas y a tus hermanos nacidos de tu mismo
linaje; que no seré para aquéllos una nuera indigna, sino tal cual les corresponde.
Manda pronto un mensajero a los frigios de ágiles corceles, para que se lo
participen a mi padre y a mi madre que está ansiosa, los cuales te enviarán
abundante oro y vestiduras tejidas; y tú recibe muchos y espléndidos regalos. Y

después que esto hicieres, celebra con un convite las deseadas nupcias a fin de que
sean honorables para los hombres y los inmortales dioses.
Dicho esto, la diosa inspiróle en el corazón un dulce deseo. El amor se apoderó
de Anquises, quien profirió estas palabras dirigiéndose a ella:
— Si eres mortal y fue mujer la madre que te dio a luz, y tu padre es Otreo de
ínclito nombre, según dices, y has venido aquí por la voluntad de Hermes, el nuncio
inmortal, en adelante serás llamada esposa mía todos los días; y ninguno de los
dioses ni de los mortales hombres me detendrá hasta haberme unido
amorosamente contigo, aunque el mismo Apolo, el que hiere de lejos, me tirara
luctuosas flechas con su arco de plata. Yo quisiera, oh mujer semejante a una
diosa, subir a tu lecho y hundirme luego en la mansión de Hades.
Así diciendo, cogióle la mano; y Afrodita, amante de la risa, vuelta hacia atrás y
con los ojos bajos, se deslizaba hacia el lecho bien aparejado, hacia el lugar donde
solían disponerlo para el rey con suaves colchas, encima de las cuales estaban
echadas pieles de osos y de leones de ronca voz que él mismo había matado en los
altos montes. Así que llegaron al lecho bien construido, Anquises le fue quitando los
relucientes adornos —broches, redondos brazaletes, sortijas y collares—, le desató
la faja, la desnudó del espléndido vestido, que puso en una silla de clavazón de
plata; y enseguida, por la voluntad de los dioses y por disposición del hado, él, que
era mortal, se acostó con una diosa inmortal sin saberlo claramente.
A la hora en que los pastores hacen volver de los floridos prados al establo los
bueyes y las pingües ovejas, la diosa derramó sobre Anquises un dulce y suave
sueño, y empezó a cubrir su cuerpo con el hermoso vestido. Cuando la divina entre
las diosas hubo colocado alrededor de su cuerpo todas las prendas, quedóse en pie
dentro de la cabana: su cabeza tocaba al techo bien construido y en sus mejillas
brillaba una belleza inmortal, cual es la de Giterea, de hermosa corona. Entonces le
despertó del sueño, le llamó y le dijo estas palabras:
— Levántate, Dardánida: ¿por qué duermes con sueño tan profundo? Dime si te
parece que soy semejante a aquella que contemplaste primeramente con tus ojos.
Así dijo; y él, recordando de su sueño, pronto la oyó. Y así que vio el cuello y
los ojos hermosos de Afrodita, turbóse y, desviando la vista, la dirigió a otro lado.
Cubrióse nuevamente el rostro con la manta, y, suplicante, estas aladas palabras le
dijo:
— Cuando por vez primera te vi con mis ojos, conocí, oh diosa, que eras una
deidad; pero tú no me hablaste sinceramente. Mas ahora te suplico por Zeus, que
lleva la égida, que no permitas que yo habite entre los hombres y viva
lánguidamente; antes bien compadécete de mí, que no es de larga vida el varón
que se acuesta con las inmortales diosas.
Afrodita, hija de Zeus, respondióle en el acto:
— ¡Oh Anquises, el más glorioso de los mortales hombres! Cobra ánimo y no
temas excesivamente en tu corazón; que ningún temor has de abrigar de que te
venga algún mal de mi parte ni de la de los demás bienaventurados, pues eres caro
a los dioses. Tendrás un hijo, que reinará sobre los troyanos y de su estirpe
nacerán perpetuamente hijos tras hijos. Su nombre será Eneas a causa del terrible
dolor que se apoderó de mí por haber caído en la cama de un hombre mortal.
Siempre los de vuestro linaje han sido, entre los mortales hombres, los más
semejantes a los dioses por su aspecto y por su natural. —Así el próvido Zeus robó
al rubio Ganímedes por su belleza, para que estuviera entre los inmortales y en la
morada de Zeus escanciara a los dioses, ¡cosa admirable de ver!; y ahora, honrado
por todos los inmortales, saca el dulce néctar de una crátera de oro. Inconsolable
pesar se apoderó del alma de su padre Tros, que ignoraba adonde la divinal
tempestad le había arrebatado el hijo, y desde entonces lo lloraba constantemente,
todos los días; pero Zeus se apiadó de él y le dio a cambio del hijo caballos de
ágiles pies, de los que usan los inmortales. Se los dio de regalo para que los
poseyera, y el mensajero Argifontes se lo explicó todo por orden de Zeus: que
Ganímedes sería inmortal y se libraría de la vejez como los dioses. Y desde que oyó
el mensaje de Zeus ya no lloró más; sino que se alegró interiormente, en su
corazón, y alegre se dejaba conducir por los caballos de pies rápidos como el
viento—. A su vez, la Aurora robó a Titono, de vuestro linaje, parecido a los
inmortales. Fue luego a pedir a Zeus, el de las negras nubes, que aquél fuese
inmortal y viviese todos los días; y Zeus asintió y le realizó el voto. ¡Oh insensata!
No atinó en su mente la veneranda Aurora a impetrar para él una juventud
perpetua a fin de arrancarle de la vejez funesta. Y así, mientras le duró la
amabilísima juventud, habitaba junto a las corrientes del Océano en los confines de
la tierra, y se deleitaba con la Aurora, la de áureo solio, hija de la mañana; mas
cuando las primeras canas se esparcieron por su hermosa cabeza y por su poblada
barba, la veneranda Aurora se abstuvo de su lecho y, conservándolo en el palacio,
lo alimentaba con manjares y ambrosía, y le daba hermosas vestiduras. Pero al
punto que lo abrumó completamente la odiosa vejez y ya no pudo mover ni
levantar ninguno de sus miembros, a ella le vino a la mente que la mejor resolución
sería la que tomó: lo puso en el tálamo y ajustó las puertas espléndidas. Desde
entonces la voz de Titono fluye continuamente, pero ningún vigor le queda del que
antes tenía en los flexibles miembros. —No de este modo te quisiera inmortal entre
inmortales, y que vivieras todos los días. Si vivieras siendo cual eres en figura y
cuerpo, y fueses llamado esposo mío, el pesar no envolvería mi prudente espíritu.
Mas ahora pronto te envolverá la senectud cruel, que a todos los hombres alcanza,
funesta, fatigosa, aborrecida de los mismos dioses. Y yo tendré que sufrir por tu
causa perpetuamente, todos los días, una gran afrenta entre los inmortales dioses;
quienes temían antes mis coloquios y ardides con los cuales junté en otro tiempo a
todos los inmortales con mujeres mortales, pues mi inteligencia a todos los
subyugaba. Mas ahora ya no se abrirá mi boca para hablar de tales cosas entre los
inmortales, pues he cometido un pecado muy grande, atroz e infando: se me
extravió la mente y, habiéndome acostado con un mortal, llevo un hijo debajo de la
faja. Tan pronto como éste vea la luz del sol, lo criarán las ninfas montaraces, de
profundo seno, que habitan este monte grande y divino; no obedecen ni a mortales
ni a inmortales; viven largo tiempo, alimentándose con divinal manjar; y danzan en
hermoso coro ante los inmortales. Con ellas se unen amorosamente los Silenos y el
vigilante Argifontes en el fondo de deleitosas cuevas. Cuando nacen las ninfas,
brotan simultáneamente de la fértil tierra abetos o encinas de elevada copa;
árboles hermosos, que florecen en los altos montes, hállanse en lugares abruptos,
forman los llamados bosques de los inmortales, y jamás los mortales los cortan con
el hierro. Mas cuando la Parca de la muerte se les presenta a las ninfas, sécanse
primero los hermosos árboles sobre la tierra, marchítase la corteza alrededor del
tronco, caen las ramas, y al mismo tiempo dejan la luz del sol las almas de
aquéllas. Las ninfas, pues, criarán mi hijo, teniéndolo con ellas, y así que le llegue
la muy amable pubertad, las diosas lo traerán aquí y te mostrarán el niño. Y cinco
años después —para que en mi espíritu pase revista a todas estas cosas— volveré
en persona a traerte el hijo. Tan pronto como veas con tus ojos semejante retoño,
gozarás contemplándolo —pues será muy semejante a los dioses— y lo llevarás
enseguida a la ventosa Ilion. Y si alguno de los mortales hombres te preguntare
qué madre puso, para ti, tu amado hijo debajo de su faja, acuérdate de hablarle así
como te lo mando: dile que es prole de una de las ninfas de cutis suave como botón
de rosa, que pueblan esta montaña vestida de bosque. Mas si, gloriándote con
ánimo insensato, revelaras que te has unido amorosamente con Citerea de
hermosa corona, Zeus, irritándose, te heriría con el ardiente rayo. Todo te lo he
dicho: tú medítalo en tu mente, domínate y no me nombres, temiendo la cólera de
los dioses.

Así habiendo hablado, lanzóse rápidamente al ventoso cielo.
Salve, diosa que reinas sobre la bien construida Chipre: habiendo empezado
por ti, pasaré a otro himno.

VI

A AFRODITA

Cantaré a la de áurea corona, veneranda y hermosa Afrodita, a quien se
adjudicaron las ciudadelas todas de la marítima Chipre, adonde el fuerte y húmedo
soplo del Céfiro la llevó por las olas del estruendoso mar entre blanda espuma; las
Horas, de vendas de oro, recibiéronla alegremente y la cubrieron con divinales
vestiduras, pusieron sobre su cabeza inmortal una bella y bien trabajada corona de
oro y en sus agujereados lóbulos flores de oricalco y de oro precioso, y adornaron
su tierno cuello y su blanco pecho con los collares de oro con que se adornan las
mismas Horas, de vendas de oro, cuando en la morada de su padre se juntan al
coro encantador de las deidades. Mas, así que hubieron colocado todos estos
adornos alrededor de su cuerpo, lleváronla a los inmortales: éstos, al verla, la
saludaron, le tendieron las manos, y todos deseaban llevarla a su casa para que
fuera su legítima esposa, admirados de la belleza de Citerea, de corona de violetas.
Salve, diosa de arqueadas cejas, dulce como la miel; concédeme que alcance la
victoria en este certamen y da gracia a mi canto. Y yo me acordaré de ti y de otro
canto.

5 comentarios:

Noemi dijo...

Me podria decir donde ha encontrado los himnos homéricos por internet? gracias

LunaOscura dijo...

Hola Noemi, gracias por comentar, la verdad es que no recuerdo donde encontre el e-book de los himnos homéricos, pero creo que los tengo guardados en el ordenador asi que si quieres que te los pase no dudes en decírmelo.

Un saludo y que la luz de la luna ilumine siempre tu camino.

Sankara dijo...

Precioso himno a la diosa de hieródulas y héteras. Gracias por enseñármelo.

Temari dijo...

Muchísimas gracia sapor colgar estos dos himnos! Me he roto la cabeza buscando estos dos himnos y cuando de repente los veo colgados en tu web ha sido la alegría de mi vida, me has salvado! Es que hago un trabajo de recerca del cuadro del nacimiento de Venus!
GRACIAS!!!!!!

Yolanda Ramírez Míchel dijo...

Bellísimo!
Yo también te agradecería que me dijeras dónde encontrar el e-book de los himnos homéricos.
Gracias